Buenos Aires colonial en mirada de un descendiente de Incas

Buenos Aires Colonial
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“Perros que están tan gordos que apenas se pueden mover” porque en la casa más pobre sobraba la carne vacuna; indios que “son traidores, aunque diestrísimos a caballo y en el manejo de las lanzas y bolas”; gauchos indolentes que vagan por las llanuras tocando “sus guitarritas”, ciudades rioplatenses de casas bajas y rústicas, esto es tan sólo parte de lo que vio Concolorcorvo en la ciudad de Buenos Aires de 1773, plasmada en su cada día más valorado libro “El lazarillo de ciegos caminantes”, una suerte de memoria pintoresca y cargada de irónica amenidad de sus viajes entre Lima y nuestra zona.

“Esta ciudad –dice al hablar de la de Buenos Aires- está situada al Oeste del gran Río de la Plata, y me parece se puede contar por la cuarta del gran gobierno del Perú, dando el primer lugar a Lima, el segundo al Cuzco, el tercero a Santiago de Chile y a ésta el cuarto. Las dos primeras exceden en adornos de iglesias y edificios a las otras dos”.

El historiador José Luis Busaniche dijo hace varias décadas, en el prólogo de esta obra: “El Lazarillo de ciegos caminantes, sin ser un libro muy difundido, no es tampoco de aquellos que forman patrimonio exclusivo de especialistas y eruditos. Los iniciados en bibliografía americana, y en general cuantos se interesan por el conocimiento de nuestra propia historia, poseen alguna noticia de esta curiosa producción. Hasta hace poco más de treinta años, era casi desconocida fuera de un círculo restricto de bibliófilos. En 1908 la publicó la Junta de Historia y Numismática Americana. Hoy es nuevamente libro agotado y de no fácil adquisición”.

Esa atracción por el Lazarillo americano y su autor se acentuó. En los congresos nacionales de literatura argentina realizados en la época actual, Concolorcorvo ha pasado a ser un cronista de culto, uno de los principales referentes de la historia –podría decirse de la crónica viajera colonial- argentina. Su nombre figura como relevante entre narradores de la talla del pastor anglicano Thomas Bridges que, desde la ventana de su cuarto, veía el Canal de Beagle y nos trajo el primer sur a la historia. Otros cronistas viajeros imprescindibles fueron Francis Drake, Richard Burton, Edmondo de Amicis, Rosita Forbes, Carlo Spegazzini, Félix de Azara y Marion Mulhal.

El mismo Busaniche informa que “la obra aparece firmada por quien dice ser un indiano peruano, Calixto Bustamante Carlos Inca de nombre. Esta autoría no está plenamente confirmada, pues también se le concede el hecho a Alonso Carrió de la Vandera; esta segunda teoría se fundamenta en que, según afirma el indiano, el libro se basa en las memorias de los viajes del tal Carrió, personaje que sí se encuentra documentado como jefe de la expedición que condujo fuera de Perú a los jesuitas expulsos en 1767 y como inspector de las postas entre Buenos Aires y Lima”.

La mayoría de los investigadores y literatos hoy cree que fue en realidad Carrió de la Vandera el verdadero autor de “El lazarillo de ciegos caminantes”, considerado como uno de los documentos habidos más fieles sobre las costumbres coloniales. Bustamente había sido secretario y amanuense suyo en los viajes que, como visitador de correos, tuvo que realizar Carrió. De allí vendría la confusión en la autoría.

Si bien existen aún algunas incertidumbres, distintos autores de América del Sur suponen a Concolorcorvo como mestizo o cholo y “no indio neto”, aunque sí descendiente de los Incas como él decía, según agrega Busaniche. Un cholo que conocía muy bien a Virgilio, dominaba el idioma francés, citaba a Gracian y fue para la América del Sur una suerte de Quevedo o Guzmán de Alfarache.

Cuando le tocó viajar desde Lima a nuestra región, le impresionó la arquitectura pobre de Buenos Aires, aunque, del segundo viaje realizado treinta años después, extraerá observaciones admirativas sobre el progreso general que detectó.

ADANES PORTEÑOS

Parece oportuno acercarse a los originales de Concolorcorvo a través de la prosa de alguno de sus exégetas, como Abel Posse que dice: “Se vivía estupendamente durante la Colonia. Era un país de Jauja, el reino de las proteínas: las vacas cimarronas se acercaban sin malicia, pisando los sembradíos hasta las puertas del aldeón llamado Buenos Aires. La historia no molestaba, éramos como ahistóricos, previos a la responsabilidad propia. Nos decidían. Se vivía para la mesa, se moría en la cama. El mundo (con su Revolución Francesa, la flota británica, el mítico Napoleón) era lejano y ajeno, como el mundo de los grandes visto desde el Kindergarten. Tampoco nos importunaba la cultura o la metafísica. Dios estaba siempre a mano, entre San Ignacio, La Merced y el Pilar”.

Añade Posse: “Según el viajero Concolorcorvo, los porteños hacían un almuerzo fuerte, familiar, a eso de las once, al menos de cinco platos casi rituales: asado de costilla, pollos y perdices, pescado frito, cordero y puchero, sin contar entremeses y postres. Observa que los perros no eran menos obesos que sus amos y merodeaban jadeando con las patas muy abiertas por el exceso de grasas”.

“No había en Buenos Aires adulterios inquietantes como en Lima. Ni conspiraciones. Éramos un virreinato tardío y de segunda. El poder no interesaba. Significaba ser empleado del Cabildo. Éramos la periferia remota del imperio, no existíamos, éramos felices como adanes antes de la serpiente, antes de la “tentación de existir”.

Concluye que esa tentación “llegó como un duende, tal vez teóricamente, en esos libros de Rousseau, Voltaire y Diderot que se leían a escondidas, como pornografía ideológica. Otros hablan de las Invasiones Inglesas y de ese triunfo militar que nos llevó a la ocurrencia y luego a la febrilidad de querer existir”.

“GAUDERIOS”

No es generosa la descripción que Concolorcorvo hace de los “gauderios” (gauchos) que vio en su recorrida por la vecina orilla: “Estos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido, procuran encubrir con uno o dos ponchos, de que hacen cama con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de almohada la silla”

Sigue el cronista inca: “Se hacen de una guitarrita, que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores. Se pasean a su albedrío por toda la campaña y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su costa y pasan las semanas enteras tendidos sobre un cuero, cantando y tocando”.

Después Concolorcorvo cruzará el río y le dará sus fustazos a nuestros aborígenes: “Estos indios pampas son sumamente inclinados al execrable pecado nefando. Siempre cargan a las ancas del caballo, cuando no van de pelea, a su concubina o barragana, que es lo más común en ellos, y por esta razón no se aumentan mucho. Son traidores, y aunque diestrísimos a caballo y en el manejo de la lanza y bolas, no tienen las correspondientes fuerzas para mantener un dilatado combate. Siempre que han vencido a los españoles, o fue por sorpresa o peleando cincuenta contra uno, lo que es muy común entre indios contra españoles y mestizos”.

Concolorcorvo conoció a Buenos Aires cuando su extensión total era de 22 cuadras comunes, “ tanto de Norte a Sur como de Este a Oeste”. Pese a su espíritu quevediano y burlesco algo de los porteños y del resto de lo que sería luego la Argentina lo sorprende: “Hombres y mujeres se visten como los españoles europeos, y lo propio sucede desde Montevideo a la ciudad de Jujuy, con más o menos pulidez”.

Las mujeres porteñas, agrega, “en mi concepto son las más pulidas de todas las americanas españolas, y comparables a las sevillanas, pues aunque no tienen tanto chiste, pronuncian el castellano con más pureza. He visto sarao en que asistieron ochenta, vestidas y peinadas a la moda, diestras en la danza francesa y española, y sin embargo de que su vestido no es comparable en lo costoso al de Lima y demás del Perú, es muy agradable por su compostura y aliño”.

“Toda la gente común, y la mayor parte de las señoras principales no dan utilidad alguna a los sastres, porque ellas cortan, cosen y aderezan sus batas y andrieles con perfección, porque son ingeniosas y delicadas costureras, y sin perjuicio de otras muchas que oí ponderar en Buenos Aires, de gran habilidad, observé por muchos días el gran arte, discreción y talento de la hermosa y fecunda española doña Gracia Ana, por haberla visto imitar las mejores costuras y bordados que se le presentaban de España y Francia”, añade.

El método para medir las leguas en las vastas extensiones, las características y deficiencias de las postas que recibían a los viajeros, la falta de curiosidad intelectual de la mayoría de los habitantes del sur de América, las evoluciones demográficas, las diversiones y deportes de entonces, la baja paga en muchos de los trabajos, la arquitectura, las comidas, las costumbres, son estampas fieles de los siglos de la Colonia, grabadas por el punzante estilo de Concolorcorvo.

Por MARCELO ORTALE

FUENTE

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