Reconvirtió su bar en un comedor solidario

Reconvirtió su bar en un comedor solidario

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El cocinero Adrián Rojas puso en marcha hace un año Casa28, una tienda de alimentación y barra de degustación ubicada en el madrileño barrio de Malasaña. Este local podría seguir abierto durante la crisis del coronavirus pero su dueño decidió cerrarlo y reconvertirlo en un comedor solidario que a diario da comida caliente a un centenar de personas.

Adrián, argentino asentando desde hace una década en Madrid, tiene claro cuál es su papel en una ciudad que «parece una película de terror».

«Lo que estamos haciendo aquí no es ayudar, es compartir. No es bonito, es muy triste, esto no tendría que estar pasando», dice.

Un hornillo, una olla de 30 litros y un palo de golf (para remover) son los utensilios de cocina de Adrián. Así prepara comida para un centenar de personas: gente que se ha quedado sin trabajo y sin recursos, turistas que no pueden volver a su lugar de origen o personas sin hogar hacen cola cada día a la espera de un plato caliente.

Para comer, lentejas con todos sus sacramentos. En una olla separada se calientan lentamente unos garbanzos con espinacas para las personas musulmanas, un plato que se ha encargado de hacer Lola Beneyto, dueña del Lugarcito, otro local ubicado por la zona, y que echa una mano a Rojas en «todo este tinglado improvisado».

«Lo que sirvo son comidas calientes porque, a ver si es que por estar en una pandemia mundial, la gente no puede comer bien». Es la opinión de Adrián, quien no ve con buenos ojos que sean cadenas de comida rápida las encargadas de los menús escolares para las familias más desfavorecidas en la Comunidad de Madrid.

Desde la una de la tarde, vecinos golpean la verja metálica y muestran su rostro por una pequeña rendija. Algunos traen pan recién hecho, tortillas de patata, frutas, paquetes de galletas, hasta una ristra de chorizos: «Ojo, qué bien me viene para las lentejas. Esto va ahora mismo a la olla».

«La comida reconforta. Un buen plato de comida caliente ayuda con los ánimos y, carajo, no se tarda tanto en hacer unas alubias. Estamos cocinando para más de cien personas a diario. Es lo que las administraciones públicas deberían estar fomentando», asegura mientras corta uno de los chorizos para añadir al guiso.

A cada rato, coge un «flus-flus» con agua y lejía para desinfectar la entrada del local que durante más de un siglo funcionó como ‘Carnicería y Salchichería’, como anuncia el rótulo de su fachada. Ahora, además, en su verja hay carteles con la frase «Cuidemos a nuestros mayores, no están solos».

«A ver, orden. Como el resto de días. Primero van a las personas mayores y los que vengan con muletas», se escucha en la métrica cola que se forma en la calle Espíritu Santo.

Durante la espera aparece Luis con su tableta enfundada en plástico y saluda a los comensales: «Hola, ¿necesitas Internet?».

Este vecino baja todos los días para echar una mano y cuenta que lo que más se mandan son mensajes a servicios sociales o a sus familias: «Vivo aquí al lado, soy pasante en un bufete de abogados y ahora mismo no estoy trabajando así que, una cosa tan boba como ofrecerles Internet, es de gran ayuda que a mí no me cuesta nada».

A las dos de la tarde, comienza el servicio de la mano de Adrián y Patricio, un exempleado que se acerca todos los días a echar una mano pese a haber perdido el empleo tras un ERTE.

Ambos se enfundan la chaquetilla de cocina, los guantes y la mascarilla para repartir la comida con una sonrisa: «¿Quieres un vinito?¿Un poquito de picante que sé que gusta?».

La iniciativa de este comedor no se ha transmitido por redes sociales. Adrián no lo ha querido hacer porque «la gente que lo necesita no tienen, en su mayoría, internet».

Óscar conoció la iniciativa de Adrián por el «boca a boca» y, desde entonces se lleva tres raciones, una para él, otra para Jamie y otra para Paco. Ellos son algunos de los sin techo que permanecen en los portales de la Plaza Mayor: «Tienen alrededor de 60 años así que vengo y les llevo la comida para que no se muevan más de la cuenta».

Después de servir casi un centenar de platos, Adrián mira nostálgico la galería de fotos de su móvil. «Joder, cuánta gente venía. Me decían que les encantaba la comida y el local. Ojalá, cuando esto pase vuelva a ser como antes pero, reconozcámoslo, nada volverá a ser igual».

EFE
Ana Márquez
FUENTE

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